lunes, 29 de diciembre de 2014

Yangon, primera toma de contacto con Myanmar

¿Myanmar, Birmania o Burma? Una de las muchas incógnitas sobre este enigmático país. A lo largo de los post intentaremos desvelar sus aspectos más curiosos.

Llegamos a Yangon el día 15 ,sobre las 22 h, y compartimos taxi con una chica australiana. Ingenuos nosotros,  creímos que con la dirección llegaríamos sin problemas al hostel. Pero no fue así...tras deambular a las 11 de la noche con las mochilas por calles oscuras, aceras rotas, y los peores olores que jamás sufrimos viajando, acabamos en un hotel bastante fuera de nuestro presupuesto. 

Al día siguiente, ya con luz, nos orientamos y empezamos a disfrutar la ciudad. La primera impresión es que estás en la India: la mayoría de los hombres llevan falda, y las mujeres y niños (y algunos hombres) llevan la cara como pintada de amarillo, con una sustancia llamada "thanaka", que utilizan como protector solar y maquillaje.

Otra de las cosas que chocan es que el suelo está lleno de manchas rojas, como si hubieran matado a alguien en cada esquina. Esto es debido a que los hombres mascan un tabaco que les deja los dientes rojos, y de vez en cuando escupen sin miramientos en el suelo. Además, otra curiosidad es que por todas partes hay máquinas de agua potable, gratis. Aunque con un vasito del que bebe todo el mundo...

Una vez superado el shock cultural, conseguimos encontrar el hostel y salimos a dar una vuelta. Vimos la Sule Pagoda, situada en medio de una rotonda, caminamos hasta la pagoda Bota Taung, donde también había un mercado de comida y ropa. Aquí muchas cosas tienen buena pinta, muy colorido y obviamente, desconocido para nosotros. Volvimos al hostel en trishaw, un tipo de bici, con unos asientos, espalda con espalda, nunca visto por nosotros.





El segundo día en Yangon lo aprovechamos al máximo. Primero cogimos el tren circular que rodea Yangon. Por 16 céntimos estuvimos 3 horas viendo los alrededores de la ciudad y todos los mercados y aldeas que se arremolinan a lo largo de las vías. Volvimos a comer a 999 noodle, rico y barato.

Visitamos la Shwe Dagon Paya, la pagoda más grande de Myanmar. Colosal y rodeada de pequeños templos. Lástima que estuviera en obras y no pudiéramos gozar de su brillo al atardecer.

Ya de vuelta, recuperamos fuerzas con un té y caminamos un par de horas por Chinatown, donde Sandra se compró algunos potinguitos y David unos pantalones por 1'6 euros.

Al día siguiente apuramos las últimas horas para visitar el mercado Bogyoke Aung San, comer y tomar el tren nocturno rumbo a Bagan a las 16 horas. 
La experiencia en Yangón fue la toma de contacto con Myanmar, y nos dejó sin palabras. En esta primera impresión hemos vivido una cultura totalmente diferente a todo lo que hemos visto antes, pero con una gente que con una sonrisa hace que te sientas parte de ella.

Mandalay: navidades meditando

Cuando llegamos a una ciudad, ya sabéis lo que nos toca: buscar alojamiento con la mochila a cuestas. Por suerte, había 3 hoteles casi en la misma calle. Mandalay no tiene nada atractivo. Es más, es hasta fea. Pero lo recordaremos para siempre por la experiencia vivida con Ashin Kelasa, un monje budista que conocimos a través de la prima de David, Viviana. Una serie de coincidencias hizo que contactáramos con él justo cuando llegamos a Mandalay. Pero no adelantemos acontecimientos.

Esa misma tarde subimos al Mandalay Hill, desde donde vimos un atardecer bonito. Eso fue todo lo que merecía la pena ver. Bueno, y el bar donde cenamos un par de noches, Mann, que era muy singular.

A la mañana siguiente cambiamos dólares y alquilamos una moto para ver los pueblo de alrededor. Fue una temeridad. Camionetas que hacen de transporte público parando cuando les parecía e incorporándose a la carretera sin mirar. Motos por todos lados pitando sin parar; y cuando menos te lo esperabas, se cruzaba una bici, una mujer o un carro de caballos. Ese día, con la moto, visitamos Amarapura y Sagaing, y aunque no tienen nada que pueda llamar la atención de un turista, eso fue lo que más nos gustó. Nadie hablaba ni una palabra en inglés, no había ni un turista en ningún sitio, y aunque nos perdimos varias veces, nunca olvidaremos esa experiencia y las caras de asombro de la gente viéndonos pasear por allí.

El primer pueblo que visitamos fue Amarapura, donde esta U Being, un puente de madera que construyeron los británicos y un lugar muy popular para ver el atardecer. Cerca del puente está el monasterio donde vive Ashin Kelasa. Es un monje muy venerado, y para muestra, en los 3 días que estuvimos con él vinieron a verle unos rusos, una japonesa, una alemana y unos americanos. Es una persona muy especial, y sentimos su energía y toda la bondad en sus palabras. Conversamos con él (o más bien le escuchamos) con mucha atención, y fue un placer intentar asimilar el budismo y la meditación a través de sus ideas. Aquí van algunas de las cosas más sorprendentes que aprendimos:

- Todos los budistas deben vivir como un monje al menos una vez en la vida durante un mínimo de 7 días. Esto quiere decir, vivir en el monasterio, hacer una sola comida al día, levantarse a las 4 am para meditar y estudiar las enseñanzas de buda.
- Al elegir ser monje, debes desprenderte de todas tus posesiones y retirarte al monasterio, cortando casi por completo la relación con la familia y amigos.
- Tienen que raparse la cabeza y llevar siempre túnica.
- Hasta los 20 años no pueden "ordenarse" como monjes.
- Los niños que entran como novicios suelen provenir de familias pobres del campo, que ven en el monasterio la forma de asegurar un futuro y una educación a sus hijos.
- Supuestamente, no pueden manejar dinero (aunque en la práctica muchos lo hacen), y es normal verles por la mañana pidiendo comida o dinero, lo que no es considerado como mendigar, ya que la sociedad les tiene un gran respeto.

En cuanto a la meditación, fue una buena introducción, aunque insuficiente. Según Ashin, se necesita un mínimo de 7 días para alcanzar un cierto grado de habilidad.

En estos 3 días nuestra rutina fue llegar a las 10, para ver como todos monjes y los novicios forman una fila para recibir su comida. A las 10'30 íbamos a la estancia de Ashin para charlar un rato y antes de comer hacíamos media hora de meditación sentada, la más difícil por incómoda. Comíamos en el monasterio y después hacíamos una hora de meditación caminando, más llevadera pero más fácil de perder la concentración. A continuación charlábamos con él, sobre su viaje a España, sobre su visión de la vida, algunas cosas de su país...el tiempo volaba a su lado. Finalmente, hacíamos otra media hora sentados y nos íbamos sobre las 5.

Ha sido toda una experiencia poder conocerle y que nos tratara como sus invitados, como él decía, porque de hecho no suele aceptar turistas en el monasterio. Sin duda, algo que nunca olvidaremos y esperamos que algún día lo volvamos a ver.

Kalaw y Lago Inle, última etapa en Myanmar

Después de los días en Mandalay visitando a Ashin, fuimos a Kalaw, desde donde enpezaríamos un trek de dos días y una noche hacia el lago Inle.

Supuestamente íbamos a pasar la noche en el bus, que salía a las 10 pm y llegaba a Kalaw sobre las 6 am. Y cuál fue nuestra sorpresa cuando a poco más de las 3 am nos despiertan. Habíamos llegado a Kalaw. Al bajar del bus hacía un frío del carajo y nos recibieron los señores de los mototaxis cual siberianos para llevarnos a nuestro hotel (que evidentemente no teníamos porque se suponía que llegábamos a las 6). Y lo mejor, todos los hoteles estaban llenos. Eso sí, había un tea shop 24 horas. ¡Menudo panorama! Menos mal que al final los mototaxis se enrollaron y nos llevaron a un hotel a las afueras donde ellos creían que habría habitaciones. Afortunadamente así fue. Además, el hotel estaba genial, y nada más recibirnos el dueño nos preguntó si queríamos hacer el trekking, y que al día siguiente llamaría a una agencia para que vinieran a informarnos.

Así que al final salió todo rodado. Al día siguiente salimos a las 9.45 para empezar el trek una hora más tarde. La verdad es que nos esperábamos algo mejor; fue parecido al de Chiang Mai pero el camino en sí no tenía mucho. Eso sí, la noche fue fresquita...

Llegamos a Nyaung Shwe, el pueblo más importante del lago Inle el sábado 27 sobre las 3 de la tarde, después de un agradable paseo en barca de una hora atravesando el lago. En este mismo paseo ya pudimos ver a los pescadores del lago con esa forma de remar con la pierna tan peculiar que les caracteriza. Buscamos un sitio barato donde dormir y nos dimos la tan deseada ducha. 

Al día siguiente alquilamos unas bicis para recorrer la zona. Fuimos a Minethauk Village, donde hay un puente largo de madera y un pequeño pueblo de pescadores de los que abundan en el lago. De ahí cruzamos en barca hacia el otro lado del lago y fuimos a unas aguas termales. El bañito nos sentó de maravilla después de los dos días de caminata.
Y ya de vuelta al pueblo de Nyaung Shwe, comimos y nos preparamos para el siguiente bus, de regreso a Yangón, para volar al día siguiente de vuelta a Bangkok. 

Los 15 días en Myanmar han pasado volando. Sinceramente, nos esperábamos sitios más espectaculares, pero nos ha encantado visitar este país por lo diferente que es a todo lo que hemos visto antes, y sobre todo, por su cultura, su historia y su gente, que es lo que lo hacen realmente especial.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Norte de Tailandia: Chiang mai, la selva

Tras unos días en Bangkok, con la incerteza de la resolución del permiso de Sandra, recibimos la mala noticia: no se lo iban a conceder. Así que decidimos ir al norte de Tailandia y hacer una excursión de 3 días.
Las 10 horas de bus no impidieron que disfrutáramos del trekking. Lo primero que hicimos fue el paseo en elefante. 40 minutos encima de este gigante animal, capaz de comerse 10 platanos del tirón y con una piel súper dura. Después caminamos una hora para llegar a unas pequeñas cascadas donde comimos. De ahí, unas dos horas de subida y bajada bastante duras, para llegar al poblado del guía, en medio de la nada, sin luz ni agua corriente. Solo una manguera para darse una rápida ducha fresquita.




El resto de la tarde paseamos y vimos a los del pueblo jugar a futvoley. Y nos fuimos pronto a dormir. Estábamos tan cansados que ni la "cama" de troncos nos impidió dormir casi 12 horas seguidas.

Por la mañana, tras el desayuno y hacernos las tostadas en las brasas, caminamos 2 horas y comimos. El guía hizo los palillos con un tronco de bambú, con una habilidad especial. Otra hora más por los campos secos de arroz nos condujo al campamento. Todavía más básico que el anterior. Nos dimos una ducha en el río y estuvimos charlando con nuestros compañeros, una alemana, un italiano y un israelita. Cenamos pronto, y después vimos con incredulidad cómo cocinaban y se comían...¡una rata! Y vimos como preparan el sticky rice: meten los granos de arroz con agua y azúcar en una caña de bambú y lo tapan. Lo ponen al fuego y al rato lo sacan compacto, tipo sushi. 

El último día caminamos media hora hasta unas cascadas donde nos dimos un baño. Otro paseo de hora y media por los  montes y la selva nos llevó al río, donde hicimos la última actividad, el bamboo rafting. Antes de llegar al río hicimos una parada en una villa donde viven las famosas "jiraffe women" o "long necks". Fue impresionante verlas en persona y conocer algo más de esta cultura tan exótica.

Ya en el río, navegamos durante media hora en una barcaza hecha de grandes troncos de bambú. No fue especialmente rápido, pero algunos pasos eran muy angostos.
En el camino vimos muchas familias pasando el día, saludándonos y haciéndonos fotos. También nos cruzamos con 2 elefantes, y el más pequeño se acercó ¡y metió la trompa en la barca!













Regresamos a Chiang Mai con el tiempo justo para darnos una ducha y hacer otras 10 horas a Bangkok, que al final fueron 14 porque el bus se estropeó.
Al merecido desayuno le siguió un masaje, esta vez de espalda, hombros y cuello. Al principio fue un poco cañero, pero terminamos como nuevos.
Y así terminó nuestra primera semana de viaje, nos esperaba Birmania. 

En estos días hemos sabido que, aunque parecía imposible, al final ¡sí que le han dado el permiso a Sandra! Así que al final podremos realizar este sueño de viaje.

martes, 16 de diciembre de 2014

Bangkok: nuestra puerta de entrada al sudeste asiático

Llegamos a Bangkok el lunes 8 de diciembre a las 8 am, y por suerte, aunque mucho calor, no tan sofocante como esperábamos. Directos a Khao San Road, la zona de turistas, alojamientos baratos o guesthouses, bares, tiendas y ocio nocturno tipo Benidorm. Aún así, con un encanto especial. En seguida encontramos un alojamiento decente y barato, 350 BAT (8,50€) por una habitación doble con baño compartido. Luchamos contra el cansancio y las pocas horas de sueño que llevábamos en el cuerpo y nos fuimos a descubrir la ciudad. Si te gustan los mercados ambulantes, esto es el paraíso. ¡Y todo baratísimo!

Fuimos a un templo llamado Pillar Shrine, a Wat Po (donde está el enorme buda reclinado) y a Wat Arun (Temple of Dawn). Todos preciosos e impresionantes. Comimos en un mercado ambulante. Nuestro primer contacto con la verdadera cocina tailandesa dejó mucho que desear, pero afortunadamente mejoró considerablemente. Además, no hay mucha diferencia de precio entre la comida en la calle y los restaurantes, ambas son baratísimas, y la calidad en los restaurantes es mucho mejor.

 
 
 
 
 
 
 
Por la noche Khao San Road se transformó en el desenfreno que la caracteriza: bares con música hasta altas horas, guiris borrachos, todo tipo de comida en la calle (incluídos bichos), masajes, trajes a medida, y tiendas ambulantes de todo lo que quieras. Una locura. Pero ni la música altísima ni los miles de puestos ambulantes evitaron que nos retiráramos pronto y durmiéramos como bebés en la ciudad que nunca duerme.


  

  
El martes completamos con éxito la misión del visado para Birmania (o Myanmar). Llegamos a la embajada con el tiempo justo, porque solo se puede tramitar de 9 a 12 de la mañana. Hicimos la cola durante 2 horas, pagamos y nos fuimos a comer. Por la tarde, otra hora de cola y ya teníamos el visado en nuestro pasaporte. Volvimos a Khao San en barco por el río Chao Prahya, y dimos una vuelta por los mercados adyacentes.

Cuando íbamos paseando tranquilamente, nos encontramos con Jonas, un italiano que conocimos hace tiempo. Concretamente en Puerto Natales, la Patagonia chilena...¡En febrero! Increíble. Así que nos tuvimos que quedar un rato con él y su amiga tomando una cerveza y recordando nuestros viajes...

Esperando para obtener el visado en la embajada de Myanmar
  
 
 
El miércoles madrugamos para ir al Grand Palace y al Wat Prah Kaew. Había demasiada gente, y aunque era muy bonito y los templos espectaculares, no pudimos disfrutarlo bien. ¡Parecía un parque de atracciones!

Al regresar a Khao San nos dimos el lujo de un masaje de pies que nos ganamos después de tanto patear templos. Aquí hay miles de sitios y son todos muy baratos (120 BAT - 3€ por media hora), y elegimos uno con cuarto privado y cama y todo! Nos falta probar el tailandés.

Después del masaje estuvimos mirando en varias agencias para hacer el tour de Chiang Mai, en el norte. Finalmente lo pillamos a las 10 de la noche.

No hacía mucho nos habían confirmado que el permiso de Sandra se lo iban a denegar, así que definitivamente hicimos planes para 3 semanas, en lugar de los 4 meses iniciales. Fue un palo grande, pero en lugar de amargarnos decidimos afrontarlo positivamente. Ya habrá tiempo de vengarse de Conselleria y colarles el permiso en otra ocasión. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El jueves madrugamos, mucho. A las 7 pasaban a por nosotros para ir a un floating market, situado a una hora de Bangkok, en los canales, donde la gente va en barcas a vender todo tipo de cosas y souvenirs. Las más graciosas eran las señoras que te preparaban el thai pad chicken o la sopa de noodles en la barca, con el fogón y los ingredientes incluidos. Estuvimos dando una vuelta y pasando por los canales. Muy pintoresco y curioso.

Por la tarde, tras una larga espera, salimos en bus hacia Chiang Mai, donde nos esperaba un trekking de tres días en la montaña.